Los cuerpos disciplinados, las inteligencias dóciles: educar en Murcia hoy.

Los cuerpos disciplinados, las inteligencias dóciles: educar en Murcia hoy.

La educación, la voluntad y las emociones solidificadas, petrificadas, silenciadas.

Los docentes estamos indignados, hemos querido contarlo en la huelga y en la calle. La Consejería murciana de Educación esconde muchas cosas, en primer lugar, dónde han ido las partidas de gasto destinadas a la crisis sanitaria para educación. Así que, dentro de su lógica oscura, no nos sorprende que las instrucciones enviadas por la Consejería de Educación a los centros educativos en previsión de la huelga convocada para el 23 de Septiembre, establezcan unos servicios mínimos que involucran a la mitad del claustro de profesores. No quieren que se nos oiga, no quieren que contemos lo que está pasando, cómo estamos comenzando el curso sin una previsión adecuada que garantice seguridad y docencia efectiva.  Cómo ha iniciado el curso escolar sin la dotación material suficiente para las clases online, visto que la mitad de los alumnos no están en el aula con sus compañeros. Algunos centros han comprado cámaras y micrófonos,  pero, sus ordenadores no funcionan, otros no tienen ni cámaras ni micros. Se ha comenzado el curso sin las condiciones sanitarias adecuadas: no hay que olvidar que esa reducción del alumnado supone que, por algunos de los grandes IES de Murcia, se pasean todavía hoy unos 400 o 500 alumnos junto con sus respectivos profesores, a lo largo de seis horas cada mañana.

Todavía recordamos el consuelo con el que acabamos el curso pasado: a lo mejor este desastre nos aporta alguna luz nueva. Parecía que las exigencias que nos negaban las legislaciones educativas iba a venir a imponerlas la desdichada pandemia: la reducción de la ratio, la humanización de una enseñanza cada vez más deteriorada y la seguridad frente al contagio. Pero no, esa no es la hoja de ruta de nuestros políticos regionales, a los que no les preocupa ni la seguridad ni la calidad educativa. Al fin y al cabo, para eso están los profesores ¿no? No solo somos responsables del desaguisado que se avecina, sino que debemos mantener la apariencia de control, ocultando las miserias, y eso significa, entre otras cosas, cubrir voluntariamente todo el horario del profesorado que no ha llegado a los centros educativos. Frente a la clamorosa carencia de docentes, la promesa de un profesor-covid por centro parece un broma.  A todo esto, hemos de añadir que ha comenzado el curso sin la contratación de casi una tercera parte del profesorado, están sin cubrir las bajas de corta y de larga duración y sin haber cubierto plazas vacantes cuyo estado se conocía desde Julio.

La realidad nos devuelve un panorama de alumnos masificados en centros educativos y profesores alienados por una sobrecarga de responsabilidades y de trabajo, aceptando sumisamente la desgracia “natural” acaecida. Pero una cosa es la pandemia y otra es la respuesta, la gestión, que se planifica. Nuestro horario en secundaria se amplía este curso a 24 horas semanales directas con alumnos, a las veinte horas se les suman 4 horas de “guardia” para la mayor parte del profesorado, eso significa que un profesor puede estar trabajando con trescientos alumnos semanalmente. Y lo más importante en Secundaria y Bachillerato: hay una ingente cantidad de trabajo que ni se hace ni se corrige en clase, eso significa que hay otras tantas horas de trabajo fuera de esas horas lectivas en casa.

Ese “castigo” al profesor esconde una secreta “culpa” dentro de un perverso argumento lanzado a la opinión pública. En lugar de invertir y organizar adecuadamente el sistema público, para responsabilizar su gestión deficiente, nuestros gestores políticos murcianos ya tienen culpables: los profesores…muchas vacaciones, pocas horas de trabajo…El desprestigio del docente emana de la propia administración. Ese desprestigio pretende invalidar nuestro discurso. No quieren que contemos que se avecina una catástrofe sanitaria y otra no menor: el fracaso escolar que se presenta como una oscura nube en el horizonte de una generación de jóvenes, precisamente los más desfavorecidos. Nuestra “nueva normalidad” educativa es solo un engaño que solo satisface a algunos padres que valoran la escuela por su capacidad de tener recluidos a sus hijos durante unas horas. Nadie con una mínima competencia profesional puede creer que chicos y chicas de 14 o 16 años van a poder alcanzar los objetivos mínimos con esta escolarización a medias. Pretenden que fabriquemos el fracaso a golpe de látigo. Nuestra regresión educativa y social no parece tener límite.

Esta continua deriva sin rumbo del proyecto político educativo que pasa por minimizar el rol del profesor en realidad afecta a todo. No solo la profesión resulta continuamente devaluada, lo que verdaderamente se pretende desprestigiar es el sistema de educación pública, al fin a al cabo el profesor es un…funcionario. El problema es que los propios alumnos, el sentido de su trabajo se contamina de ese planteamiento que desprestigia la educación, cada vez es mayor la brecha entre la motivación del alumno y la actividad docente. Y al final, todos, parece que caemos en lo que parece el destino de un país sin esperanza de futuro, sin formación y desarrollo adecuados. Y en esa línea parece que viene actuando la precariedad con la que nos encontramos estos días.

Otro discurso aparte merece el hecho de que el trabajo en el aula este retransmitido por video cámara en directo. La vigilancia se viene a imponer como una nueva realidad pedagógica, vigilancia de alumnos y vigilancia de trabajadores. Se ha ido instalando poco a poco un sospechoso orden disciplinario, centros cerrados, vigilancia de recreos…el de guardia es el nuevo nombre del profesor. Cuando analizamos el encargo que asume el docente de formar, de educar, se observa una curiosa contradicción. En realidad, es imposible cumplir los objetivos pedagógicos que nos proponemos con las condiciones a la que estamos expuestos. Es impracticable el seguimiento de tantos alumnos con una cantidad tan enorme de estándares, ahora además se añade el control de la higiene, de la distancia y de las mascarillas. Pero es que a lo mejor no importa formar cognitiva y emocionalmente, a lo mejor solo enseñamos disciplina y obediencia, de modo que la “clase” es solo el tiempo que nos dedicamos a la clasificación del alumnado, por notas, por aulas, por niveles, por centros, por barrios… todo bien ordenado y clasificado, bajo control. Contra toda responsabilidad y autonomía, contra el discurso científico y el respeto al saber, se educa en la vigilancia. Y ahora, este es el momento preciso en tiempos de pandemia, el miedo ha entrado en “nómina”, el miedo es el valor fundamental. Precisamente, solo desde el miedo, los padres aceptan las políticas de control y vigilancia, las meras pedagogías clasificatorias y cuasicarcelarias. Profesores absolutamente saturados, confundidos con su tarea docente que se convierte en disciplinaria, y los alumnos que viven el encierro como un secuestro y ahora como un lugar de contagio.

Ya hemos comenzado las clases. Ya se siente el desprecio con el que nos tratan nuestros gestores políticos al forzar la maquinaria en estas circunstancias. Pero comenzamos a intuir esa voluntad oculta que les mueve. El miedo y la desconfianza, que se respira detrás de las mascarillas de los alumnos y de los padres que los acompañan a la puerta, ahora solo se puede acentuar si pensamos el destino de este proyecto. Y, sin embargo, el shock de tantos juega a favor de otros que van a sacar partido de la gran confusión. Son malos tiempos para pensar con sensatez y racionalidad el futuro, pero es imprescindible, el problema es que cada vez estamos más solos contando esta historia. El miedo consume la frágil llama de la esperanza, da paso a nuevas pasiones como es la sumisión y la resignación. Se trata del comienzo de la “edad del miedo”, de la mirada distante y sospechosa hacia el otro, entre unos y otros. Alguien escribió durante el confinamiento que con la pandemia se podría abrir un nuevo tiempo de solidaridad, pero lo veo muy lejos.

Nuestras fuerzas políticas trabajan a toda prisa para ajustar su agenda liberalizadora y nosotros, docentes y sanitarios, mientras tanto, somos triturados por la realidad de ese apretado calendario político. Sí, ahora también se trata del tiempo y el espacio en el que nos movemos, y de la precariedad absoluta en la que desempeñamos nuestro trabajo. Pero se trata sobre todo del futuro de la educación pública. Los números son los que se hacen en los despachos con nuestro tiempo de trabajo cada vez más explotado y vulnerable. La educación no interesa y eso juega en su favor. La disciplina empresarial domina ya el horizonte, van a capitalizar cuanto antes esta empresa, y nosotros sin enterarnos. La educación en tiempos de pandemia abre nuevas perspectivas al viejo proyecto de reducir al mínimo la educación pública, lo que supone convertir en ghetos estos centros educativos. Ahí se cumplirá el deseo de algunos de una sociedad jerárquicamente clasificada.

Esto solo se puede hacer bajo condiciones emocionales nuevas por parte de la opinión pública. Se está construyendo un doble discurso, dialécticamente contrapuesto, lo hemos visto a lo largo de los meses pasados: la negación del riesgo (cultivado por la derecha más extrema) y la multiplicación del miedo al riesgo (emana de todos los frentes). Esas son las contradicciones por las que puede haber 500 alumnos en un edificio y solo 6 personas juntas en una mesa tomando un café. Mediante la negación nos quieren "activos", incorporados al trabajo, sin embargo, mediante la afirmación del riesgo nos quieren alienados, callados, o quizá, aislados. Es evidente que hay una dialéctica perversa, que discursivamente nos desarma, o eso es lo que quieren. Pero los hechos se imponen, hay gente que sufre antes que de alienación psicológica, de neumonía vírica. No creo que haya que negar una cosa, biológica, para reconocer la otra: la gran construcción discursiva que nos aplasta y nos silencia, por muy hermeneúticos que seamos. La estrategia para la comprensión de este nuevo fenómeno está en articular los dos polos de este discurso: uno es el de la salud, el otro es el negocio. La pandemia es lo que es, mejor no probarlo, pero lo otro, eso sí que es una verdadera conspiración contra nuestro sistema social y su precario equilibrio. Hay algo que conviene decirles a nuestros responsables políticos. Para privatizar el sistema educativo no hace falta destruir la enseñanza pública, y en consecuencia el precario equilibrio social. Un poco de respeto a los profesionales que quieren hacer su trabajo en condiciones dignas.