Se trata de números

Se trata de números

Números

La pandemia está acabando con lo que quedaba del estado del bienestar, lo que ahora se trata de dilucidar es donde va a dejar a la educación. Durante los años 90, del pasado siglo, la LOGSE despertó encendidas críticas, los Orricos y los Delgado, cargaron sus plumas en prensa contra la destrucción del “glorioso” orden educativo, la clase magistral del encumbrado catedrático que caía del firmamento de las sublimes ideas a los míseros alumnos agradecidos. Tuvimos que acabar el siglo XX para que la escolarización fuera obligatoria y los docentes de secundaria tuviéramos que educar a “todos”, los que querían y los que no querían, los dotados para una cosa y los dotados para otra.  Al final del siglo se alcanzaba una alfabetización completa de una generación que hoy ya tiene más de treinta años.

Este curso somos conscientes de que estamos a punto de arriesgar las posibilidades de formación y desarrollo de una generación. La pandemia nos puso frente a muchas paradojas y contradicciones, simplificándolo, se nos ofrecían dos posibilidades. La primera es rescatar la hecatombe en la que van a entrar muchos jóvenes (cada vez más precarizados, sin acceso a medios digitales, o a una simple conexión a internet, pero si a veces …¡no tienen ni para un bocadillo!) reconociendo que reducir ratios es la garantía no solo de la necesaria seguridad y distancia entre los jóvenes, sino que es la única regla de oro de la calidad educativa; un profesor no puede supervisar el trabajo de 30 alumnos, cuando tiene seis o siete grupos, solo puede hacer …lo que se hace. La segunda es la escogida por nuestra administración educativa: abandonarnos a nuestra suerte sin la más mínima voluntad de rescatar esta “empresa” tan importante como es la de educar, enseñar y aprender. Solución vertiginosa.

Y lo pueden hacer desde esa doctrina del shock, que, aunque se conozca en versión de N. Klein, fue formulada hace casi un siglo por W. Benjamin y T.W. Adorno. Estamos paralizados, los acontecimientos y el confinamiento nos han dejado fuera de juego. Pero, mientras tanto, la partida continua, y a gran velocidad. Todo va en la dirección de que un profesor trabaje más horas y tenga más alumnos, cosa que nos condena a metodologías medievales (repetir lo que cuenta el profesor) e improductivas. Los criterios de calidad de la educación y las exigencias sanitarias ponen en evidencia la mentira administrativa, pero no parece que van a parar esta marcha suicida. Nuestros dirigentes y gestores políticos en Murcia, y probablemente en todo el Estado, están aprovechando la situación para establecer condiciones lesivas, que solo se comprenden desde la perspectiva de los recortes y la lógica empresarial que se viene imponiendo lentamente. No respetan la educación, y probablemente la ciudadanía tampoco, algo que se agrava con la ínfima valoración de la investigación. Ser Doctor en España es sinónimo de “médico”.

Algunos nos comparan con otros países de Europa, Finlandia es el fetiche, pero allí la del profesor es la profesión más valorada, y sus condiciones laborales y salariales están en otra liga respecto a las nuestras. Si la ciudadanía respetara la educación, sus políticos no podrían jugar esta partida infame a la que nos tienen sometidos durante años, donde la formación se ha convertido en un mero disciplinar y clasificar a los alumnos, consecuencia de un pragmatismo mal empleado en la enseñanza. Pero en España no se legisla para el pueblo sino para las empresas que dirigen las vidas de los trabajadores. No tenemos esperanza en ningún Pacto, ni en ninguna Ley. En el fondo a muy pocos les interesa la educación y muchos de ellos únicamente creen lo que se dice en las tertulias televisadas. Hace veinte años que estamos participando en programas Erasmus en toda Europa, los profesores debíamos aprender, pero ¿para qué? Nuestros marcos legales impiden desarrollar modelos pedagógicos como los que se están haciendo en Dinamarca, Finlandia o Gran Bretaña. Parece que aquí se legisla con voluntad de bloquear la iniciativa del profesorado, multitud de asignaturas, incluso de una hora semanal en secundaria, más de treinta alumnos por aula (esto solo se entienda bajo la lógica empresarial de más clientes más ingresos, lógica válida para la educación privada) y más horas lectivas para el profesor. En una palabra: masificación. Hacen falta más espacios y más profesores. ¿No se quieren enterar? A nuestra Consejería no le importa, al fin y al cabo…¿para que está la autonomía de los centros? …Jabones y papel higiénico …para todos, y los que no puedan seguir el ritmo en el formato de semipresencialidad, pues que se busquen la vida. Esa es su “igualdad”: la amenaza de la más cruel desigualdad.

Con la pandemia se ha evidenciado que la ratio de las aulas españolas es, además de antipedagógica como siempre fue, extremadamente peligrosa para el equilibrio social y la salud. Somos el país con mayor número de alumnos por aula. Seremos el país con más contagios escolares.

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